La culpa

Todas nuestras emociones nos ayudan a adaptarnos y regularnos al entorno en que nos movemos. Ninguna de ellas es buena o mala, sino más agradable o menos.

Pero, llega un momento en que estas emociones pierden su función reguladora cuando aparecen y se experimentan demasiado frecuentemente o de forma intensa, alterando nuestra vida cotidiana. En este momento, vivimos estados emocionales complejos que implican la interacción de varias emociones simples o secundarias, transformando nuestras emociones y dando lugar a otras nuevas, no siempre agradables.

Entre estas emociones secundarias, encontramos una de las más comunes que sentimos: la culpa. La culpa no es más que otra emoción secundaria o derivada de otras más básicas que clasificamos como desagradable.

¿Cómo surge la culpa?

Tenemos una historia educativa y religiosa muy asociada a la culpa, que nos empuja a evaluar negativamente una acción concreta, dándole un significado casi monetario al daño que hacemos a los demás o a nosotros/as mismos/as. Sentir que aquello que hacemos está en contra de los valores o normas que tenemos asumidos, pero no siempre interiorizados. Por tanto, la culpabilidad es una emoción social, que pretende regular nuestro comportamiento en función de las normas y valores culturales. 

Normalmente, nos genera dolor y vergüenza y se asocia a baja autoestima o una autoexigencia desmesurada. Nunca estaré conforme, porque siempre puedo esforzarme más. El esfuerzo exacerbado que, desde pequeños/as, nos inculcan.

También, y más común y sutil de lo que creemos, la gente que nos quiere, a veces, nos inducen a la culpa. Al final, es una llave que puede ayudar a someter y controlar a la otra persona. El chantaje emocional, que no es otra cosa que un acto de manipulación emocional que pretende anular la opinión del otro, situando la propia, como única y verdadera. Este chantaje llega a generar dependencia psicológica provocando en la persona culpabilizada esfuerzos incansables por conseguir la aprobación del otro/a para evitar su rechazo o abandono. Esta forma de actuar y relacionarnos surge en muchas de las relaciones que tenemos en nuestro entorno: parejas, amigos/as, familia… Detectar y solventar este círculo vicioso es vital para tener relaciones sanas a nuestro alrededor.

¿Cómo puedo liberarme de la culpa?

Normalmente, sentir culpa debería motivarnos a reparar el daño causado (o el que creemos que hemos causado), pero la respuesta más común es asociar el estado emocional que nos genera a una característica “innata” de nuestra personalidad: “soy malo/a”, “no tengo lo que merezco” , “no me entienden”, “no se lo tiene que tomar así, yo lo he hecho con buena intención”… Estas afirmaciones internas, normalmente, nos llevan a evitar y huir de las posibles soluciones y, con ello, a encarcelarnos en nuestras consecuencias negativas (imaginarias). Nos aislamos y nuestra autoestima sigue bajando escalones. El sentimiento de impotencia es demoledor.

Tips “anti-culpa”:

  • Entiende el sentimiento. Qué te está queriendo decir: ¿Puedo cambiar lo que pasó? ¿Por qué aparece siempre esta culpabilidad?¿Qué estoy dejando de hacer centrándome en este sentimiento desadaptado? ¿No es más sano pensar que ese sentimiento es una alarma a alguna contradicción? Identifica los mensajes que recibes y envías que alimentan este sentimiento. 

  • Acepta el hecho que te genera ese sentimiento. Aceptar que nos equivocamos es tan sano! Aunque nuestra educación hacia la perfección y la “robotización” comportamental esté presente, el primer paso es asumir su imposibilidad. No somos perfectos.

  • Responsabílizate de tus actos. Es la mayor caricia que puedes hacerte. Tú controlas y decides tus actos, nadie más. Por tanto, tú tienes la solución. El cambio que tú generas, es el cambio de los demás que recibes. 

  • Identifica tus valores. Revisa qué cosas y en qué situaciones te sientes culpable. Te ayudará a identificar tu sistema de valores, a ser consciente con cuáles te sientes realmente cómodo/a y aceptas como propios y cuáles no.

  • Cumple con tu propio sistema de valores y hazlo saber. Explicar qué esperas de los demás y qué pueden esperar de ti es el mayor regalo que puedes hacer. Querer implica respeto y tolerancia, nunca sacrificio (dejar de ser yo por agradar a la otra persona). Expresar verbalmente lo que piensas es la mejor “recodificación” de tus pensamientos.

¿Y si cambiamos culpa por responsabilidad? Quizás, nuestra mochila deje de pesar tanto…