La conspiración

A menudo, nos encontramos en ciertos momentos de nuestras vidas en los que reclamamos una felicidad “merecida” por todo lo que hemos hecho nosotros/as por los demás o por lo que hemos sufrido. En ese momento, suelen surgir imprevistos que, rápidamente, atribuimos a terceros protagonistas. La conspiración empieza a urdirse.

Cuando empezamos el “modo conspirador” estamos comenzando a dejar de trabajar nuestras habilidades y dejando ir grandes oportunidades de crecimiento y desarrollo personal.

Los “miniconspiradores”

Desde muy pequeños y pequeñas, oímos frases hipotéticas de los que no puede pasar si hacemos algo que no está bien, ni siquiera antes de hacerlo. Es el comienzo de las miniconspiraciones, donde estamos transmitiendo la idea de que algo intangible empieza a vigilarnos y juzgar aquello que hacemos. Es inevitable hacerlo. Como adultos/as queremos prever cualquier mal a nuestros hijos e hijas, pero, poco a poco, estamos cohibiendo su desarrollo y estableciendo un sistema de predicciones que poco favorecen el descubrimiento de la vida. Para nada es dejar de explicar razonablemente qué consecuencias puede haber ante diferentes actos, todo lo contrario, es evitar la atribución mística de la realidad. Razonar con los más pequeños/as las consecuencias de nuestros actos es el mayor regalo que podemos hacerles. Estamos evitando que empiecen a desarrollar ideas conspiradoras y sustituirlas por ideas razonadas.

La gran conspiración

Después, de adultos, tenemos muy interiorizado el discurso premonitorio que acaba convirtiéndose en un ancla que nos empuja hacia el fondo de la irracionalidad y la desresponsbilización. Todo empieza a ser consecuencia del destino, el karma…, hasta acabar siendo prisioneros de los demás. Empezamos a culpar a las personas que nos rodean y a la suerte de las cosas que no nos gustan de nosotros/as mismos/as.

En este momento, somos protagonistas de la gran conspiración. Empezamos a convertirnos en seres poco proactivos y con pocas herramientas para aceptar lo que viene y actuar. ¿Qué mensaje me estoy dando? Haga lo que haga, mi destino está escrito, mejor no hacer nada y esperar a que las cosas pasen. Esto es un duro golpe a nuestra autoestima y el punto clave en el que empezamos a desarrollar miedos y fobias. Lo desconocido y las probabilidades inciertas, son los principales ingredientes para desarrollarlos. Estamos haciendo de nuestras áreas de influencia, nuestras áreas de preocupación. Nos volvemos muy pequeños/as.

Influencia versus preocupación

Un buen ejercicio inicial es que cites las situaciones que podrías añadir a tu círculo de preocupación, donde están todas las situaciones, hechos y probabilidades que nos preocupan y sobre lo que poco podemos hacer. Por otro lado, está el círculo de influencia, donde añadimos todas las situaciones sobre las que puedo hacer algo, tenemos algo de control.  

Plantearnos y actuar sobre el control que tenemos de lo que nos rodea, es convertirnos en protagonistas de nuestra propia película. Dejar todo control a terceros y culpar a los demás de lo que yo no tengo, es dejar de ser libres. Pensar que los demás y “la vida en general” conspiran contra nosotros, es la opción más fácil de justificar, pero la más difícil de soportar.