Compartir el dolor

Compartir el dolor que sentimos en ocasiones es de los mayores regalos que podemos hacernos y que podemos hacer a los demás.

Desde pequeños/as, aprendemos a sentir emociones positivas, pero pocas veces nos enseñan a “saber sufrir” y hacer de estos sentimientos una fortaleza para nuestro interior. Parece que no expresar tristeza, rabia, decepción… nos hace mas fuertes y más felices, pero nada más lejos de la realidad.

Saber sufrir

Aprendemos a conectar con nuestro mundo interior de muchas formas. Cuando vamos creciendo nos vamos dando cuenta de qué cosas nos hacen sentir bien y qué cosas nos hacen sentir malestar. La educación tradicional nos ha enseñado a que los sentimientos negativos no deben compartirse e, incluso, no debemos ponerle ni nombre, simplemente hay que dejarlo ir sin preguntarnos nada más. Esto, sin darnos cuenta, nos inmuniza al dolor, hasta el punto de no reconocerlo y sentir cierta vergüenza al sentirlo. Por tanto, no lo estamos gestionando.

Afortunadamente, los nuevos modelos educativos (incluidos los juegos infantiles), empiezan a enseñar a nuestros hijos e hijas a saber cuántas emociones podemos sentir y, lo que es mejor, qué nos provoca cada una de ellas. Sin duda, es de lo mayores regalos que podemos hacer a nuestros pequeños/as. No sólo estamos enseñándoles a sentir, sino a vivir en un mundo que genera diariamente sentimientos. Conocer estos sentimientos, nos ayuda a gestionarlos mucho mejor.

Compartir el dolor

En la vida adulta, cuando hemos carecido de esta explicación, empezamos a gestionar el dolor en silencio. Otras veces, como única forma de llamar la atención de los demás.

Muchas son las personas que buscan ayuda cuando saben que hay un malestar profundo en su interior que ni siquiera saben ponerle nombre. En estos casos, el trabajo interior es muy profundo e implica mover muchos pilares que sostenían esta “no gestión” de las emociones. Las creencias de “merezco sufrir” o “no puedo quejarme”, suelen estar muy presentes. Como siempre, el cuerpo se encarga de recordarnos de alguna forma que hay algo que debemos gestionar (dolores físicos, ansiedad, ataques de pánico, sequedad en la boca, sudoración…).

Enseñar a compartir el dolor es un largo proceso, pero es muy enriquecedor. Saber poner nombre a las cosas que sentimos y expresarlo a los demás es la primera fase de curación. Para ello, contar con un entorno que sea capaz de escucharnos y no juzgarnos es esencial para que podamos hacerlo. De nuevo, la educación que hemos recibido “amputa” las emociones negativas, nos hace, rápidamente, activar nuestras habilidades de consuelo y restar importancia a dichas emociones. También, hay veces que sólo encontramos una forma de conectar con los demás, expresando dolor. Sólo sentimos consuelo cuando hay alguien que escucha nuestro dolor, sin tener necesidad de gestionarlo. Es la única vía en la que me siendo acompañado/a.

Por supuesto, el exceso o defecto siempre acaba generando malestar. Compartir el dolor es simplemente expresar nuestras emociones, aunque sean negativas, y saber que la otra persona me está escuchando y apoyando. No siempre buscamos soluciones al expresar lo que sentimos, sólo buscamos conectar y sentir la escucha, el apoyo.

Aprender a compartir el dolor, nos ayuda a conectar con los demás (es una gran muestra de confianza), nos ayuda a ordenar nuestras ideas a través del lenguaje y, por ende, nos ayuda a conocer nuestros límites. Cuando somos conscientes de cuáles son nuestros límites, somos capaces de transmitirlo a los demás y, con ello, ayudamos a que también sepan relacionarse con nosotros/as. Qué nos gusta y qué no.

Jaime Ramos