Economía emocional

Cuántas veces nos preguntamos si tenemos todo aquello que queremos, o lo que es peor, si tenemos aquello que nos merecemos. Pero, ¿Qué nos merecemos?

Leyendo el artículo Me gusta trabajar, pero no tanto de Pedro Campos, autor del libro La vida minimal, reflexionaba en la cantidad de objetivos que nos marcamos y que no hacen más que frustrarnos y ocultar una amalgama de emociones que no nos permitimos sentir. Nos vamos creando necesidades que tapan verdaderas esencias.

Tomaba conciencia de la cantidad de personas que se sienten incapaces de conseguir aquello que querían y que, trabajando con ellos/as, llegaban a un análisis más profundo que les hacía replantearse muchas partes de su vida y con ello, la verdadera acción.

A menudo, nos obligamos a ser mejores siempre, pero no nos obligamos a aceptar la vida.

Aceptar la vida. Primer principio de felicidad.

Aceptar la vida que tenemos, los momentos que hemos vivido (buenos y malos) y lo que queremos, no es tarea fácil, pero es un principio básico que rige el cambio real que vivimos como personas en desarrollo.

A veces, confundimos el principio de aceptación, con el conformismo. Todo lo contrario. Aceptar la vida como la vivimos hoy es el primer paso a querer cambiar aquello que no nos gusta.

A menudo, nos encontramos inmersos en ser y tener más y mejor, pero dejamos de lado el ser. Ser es tomar conciencia de lo que somos hoy y ser conscientes de aquello que nos ha ayudado a serlo. Cuando entramos en esta reflexión profunda de nosotros/as mismos/as, empezamos a construir, de verdad, lo que queremos.

Por supuesto, somos seres construidos de aprendizajes y no siempre éstos nos han venido de la forma más pedagógica. Muchos de ellos vienen de experiencias y pérdidas traumáticas en las que nos enrocamos y que, cuando las superamos, nos ayudan a tomar conciencia en un segundo de todo aquello que hemos tenido delante de nosotros/as y no lo habíamos visto. Dejamos de lado la resistencia y avanzamos a la aceptación.

¿Aceptas o resistes?

La no aceptación de la realidad, es la mayor resistencia que nos ponemos para no conseguir lo que realmente queremos.

Aceptar cómo somos, qué nos gusta, qué nos preocupa, qué sentimos… nos ayuda a ver lo que queremos ser. De aquí salen los verdaderos objetivos de nuestras vidas. Es un momento de introspección profunda donde realmente sólo estás tú. No hay expectativas ni deseos, sólo estás tú. Es el momento en el que abrimos la veda y empezamos a actuar sobre aquello de lo que no estamos orgullosos y nos estábamos resistiendo a ver y sobre aquello que queremos que siga siendo parte de nuestras vidas.

Resistir es asumir el “yo soy así”, “la gente me ha hecho así”, “no he tenido suerte”… Aceptar, es darnos cuenta de que eso pasa y querer cambiarlo de verdad.

Cuántas veces nos decimos “me encantaría ser como tal persona, que acepta la vida que tiene y es feliz”. Estas personas no son conformistas ni resistentes, son realistas, conscientes y constructivas. Aceptan la vida como viene, aceptan que tienen problemas, pero saben invertir el tiempo justo en analizar las situaciones y actuar con lo que son y con lo que tienen. En tiempos de economía como centro del universo, el concepto de economía emocional debería serlo también. Invertir lo justo en conseguir lo que necesitamos. Lo justo no es más que aquello que nos hace bien. Centrándonos en lo que nos hace mal gastamos mucho dinero emocional , en un producto poco funcional.

No es un trabajo fácil, pero es realmente transformador. Desde pequeños/as nos enseñan a ser personas fuertes y resistentes, pero pocas veces nos enseñan que de la aceptación sale el análisis, del análisis, la acción, de la acción, la fuerza y de la fuerza, las ganas de ser. Del ser, sale todo lo demás.

Jaime Ramos