La frustración

Todos y todas, alguna vez en nuestras vidas, nos hemos sentido frustrados/as en alguna ocasión. Siempre hay algo en la vida que no nos sale como queríamos.

Cuando esta sensación de no conseguir aquello que queremos notamos que se repite en el tiempo, introducimos una bomba emocional que acaba agotándonos e incapacitándonos a conseguir otras cosas. “¿Ves? todo me sale mal”. Ese ¿ves?, empezará a convertirse en un pensamiento recurrente , que se convertirá en automático, y que intentará demostrarnos en cada situación que no somos capaces de conseguir lo que queremos. Empieza el bucle de la frustración.

¿Qué es la frustración? 

Es un estado de malestar provocado por el deseo de hacer algo y la imposibilidad de conseguirlo, a menudo acompañado con una sensación de impotencia o fracaso. Puede aparecer cuando no conseguimos alcanzar nuestros proyectos o, simplemente, en pequeñas actividades cotidianas.

Cuando somos niños/as, es una reacción muy común, ya que tenemos escaso desarrollo de muchas habilidades que nos impiden conseguir nuestros propósitos. Enseñar a nuestros hijos e hijas a frustrarse es un gran regalo. Deben aprender a no conseguir todo y aprender a seguir adelante a pesar de ello. Aprender de sus errores, entender y aceptar su frustración, darle nombre a eso que sienten y ayudarles y animarles a que la próxima vez puedan hacerlo. Sólo así, les enseñaremos a desarrollar más habilidades y perder el miedo a no tenerlas. Un gran legado que agradecerán toda la vida.

La frustración, desgraciadamente, no siempre es visible para nosotros/as. A veces, sin darnos cuenta, reaccionamos de maneras muy diferentes ante ella y, ni siquiera, asociamos la frustración de no haber conseguido algo, con el propio sentimiento.

El problema no es la emoción, es lo qué hacemos con ella. En este momento, empezamos a estructurar nuestros pensamientos de forma difusa y podemos actuar de diferentes formas. Podemos aislarnos, evitando cualquier nueva acción; obsesionarnos, sin poder salir de esa situación, buscando culpables; expresar rabia e ira ante la impotencia que sentimos; negación o regresión, donde no aceptamos que eso haya ocurrido y preferimos quedarnos en una etapa o actividad anterior que sí controlábamos.

¿Tengo baja tolerancia a la frustración?

Puedes hacerte estas preguntas:

  1. ¿Tengo dificultades para gestionar mis emociones, hay veces que se apoderan de mí o soy capaz de ponerles nombre y canalizarlas?

  2. ¿Lo quiero ya o acepto esperar?

  3. ¿Soy rígido/a en mis pensamientos o fácilmente puedo ver otras opciones diferentes?

  4. ¿Tiendo a la dicotomía (o bueno o malo) o puedo ver cosas regulares?

  5. ¿Prefiero lo “malo conocido” o busco cosas nuevas constantemente?

  6. ¿Me desmotivo fácilmente ante cualquier obstáculo o comentario o me sobrepongo fácilmente?

Si tus respuestas están más relacionadas con las primeras opciones de las preguntas, puedes empezar a trabajar!

¿Cómo aceptar la frustración? 

En el autoconocimiento y aceptación están las claves. A menudo, vivimos con unas creencias de nosotros mismos que no se corresponden con la realidad y éstas nos hacen chocarnos una y otra vez con la misma piedra. La piedra siempre ha sido la misma, pero el choque también.

Trabajar en conocer realmente cómo y quiénes somos es un paso importante para conocer los obstáculos que podemos y no podemos saltar. Pensar que en la vida no hay obstáculos no nos hace más valientes, nos hace caer más veces. Conocer nuestras limitaciones, aceptarlas y mejorarlas, si queremos, es una opción viable. Hacer ver que no están no nos ayudará a mejorarlas.

En este punto, cuando empezamos a conocernos realmente, con nuestros pros y nuestros contras, es cuando empezamos a establecer las metas reales que queremos conseguir. Aceptamos, emocional y racionalmente, lo que tenemos y lo que no. La razón nos ha definido aquello que podemos y no podemos hacer. La emoción nos da el significado. Es importante trabajar la aceptación en ese punto.

En este momento, pasamos del mundo imaginario (que normalmente conspira contra nosotros), al mundo real, en el que sí tenemos cabida y opciones. Empezamos a reconstruir los verdaderos muros del castillo.

Jaime Ramos