Las relaciones tóxicas

A menudo, conocemos a personas a nuestro alrededor que acaban convirtiéndose en disparadores de emociones negativas para nuestra vida. La toxicidad en las relaciones pueden surgir durante el proceso de conocimiento o desde el nacimiento de la relación. Saber pararlas, romperlas o reconducirlas es un bien necesario para nuestra salud mental.

Las características de una relación tóxica

Cuando hablamos de relaciones, es difícil resumir los tipos de relaciones que existen y cuáles son correctas y cuáles no. Las relaciones tóxicas pueden surgir en relaciones amorosas, pero también en nuestra familia o con nuestras amistades o compañeros de trabajo.

Sí que es cierto que sólo hay un factor que define una relación tóxica de otro tipo de relaciones: la ruptura de los límites personales. Estos límites han de ser las guías de nuestras relaciones sociales, sean cuales sean. Desde el momento en que traspasamos estos límites, empieza a fraguarse el malestar en la relación y empieza a complicarse.

Si marcamos las alertas que nos avisan de relaciones tóxicas, podemos resumir:

  1. El esfuerzo constante por saber quiénes somos. Nos cuesta reconocernos y que nos reconozcan en determinadas situaciones. Dejamos de ser nosotros/as mismos/as y cambiamos hábitos, motivaciones, gustos… Al principio, parece que este cambio es una forma de aprender de la otra persona, pero, desde el momento en que olvidamos quiénes éramos antes, pueden aparecer los problemas.

  2. El conflicto y las discusiones como única vía de llegar a acuerdos. Discutir no es negativo, pero cuando se convierte en la única vía en la comunicación, se convierte en un problema. Empieza a subir el tono y cada vez usamos más argumentos personales negativos de la otra persona para “ganar” la guerra del día.

  3. En la relaciones amorosas, la vida íntima y sexual se vuelve insatisfactoria o poco activa o, en algunos casos, la única vía para solucionar los problemas.

  4. Esfuerzo constante por demostrar la valía. Cuando empezamos a perder la conciencia sobre quiénes somos, empiezan a desaparecer las fortalezas que conocíamos de nosotros/as y, con ello, hay una merma importante de nuestra autoestima. No sabemos quiénes somos ni cuáles son nuestros puntos fuertes. Empezamos a debilitarnos.

  5. Tener la percepción constante de que algo no funciona. Es la sensación de que la relación no fluye de forma natural. Esta sensación genera tensión, ya que implica esfuerzos constantes por evitar los conflictos. La inversión en “tener tacto” llega a ahogar hasta el punto de someterse o someter a la otra persona.

  6. Sentirse solos/as. Aunque estemos acompañados/as, tenemos la sensación de que la presencia de esa persona no regula nuestras necesidades. Nos sentimos no entendidos, escuchados, vistos… Esta misma sensación es la que hace que podamos actuar de forma desadaptativa, haciendo llamadas de atención cada vez más fuertes para que la otra persona sea capaz de entendernos.

Buscar alternativas a las relaciones tóxicas

Cuando detectamos que tenemos este tipo de relaciones podemos buscar diferentes alternativas:

  • Romper la relación. Es la solución más brusca, pero en algunos casos, la única vía de solución. Desde el momento en que estar con esa persona nos produce un fuerte malestar y la otra persona no puede o no quiere cambiar aquello que nos hace daño, es necesario alejarnos. Al fin y al cabo, la otra persona decide seguir por la misma vía, a pesar del dolor que nos infringe. No se trata de buscar culpables, se trata de que no hay negociación posible porque los límites se han traspasado y no hay intención de reconstruirlos.

  • Reconducir la relación. Es el momento de parar, analizar y pedir a la otra persona el cambio en la relación. Cuando la toxicidad de la relación es relativamente reciente, es más fácil usar esta vía. A más tiempo de toxicidad, más difícil es “reempezar” la relación. En muchos casos, sobre todo en la relaciones familiares, la forma de reconducir la relación es tomar distancia emocional. En estos casos, es difícil romper la relación, pero sí se puede rehacer el concepto que tenemos de las mismas.

Muchas son las situaciones de nuestra vida donde nos encontramos con personas que no nos hacen bien o con las que la conexión se hace difícil. Al igual que con el resto de situaciones, como personas buscamos “instintivamente” nuestro bienestar y normalmente, este bienestar viene dado por las relaciones sociales que tenemos con los demás. Estas relaciones deben darnos “apego seguro”. Un recurso al que acudir y que nos hace sentir bien, seguros. Ser capaces de detectar que nos rodean estas relaciones y cómo salir de ellas es un paso esencial, aunque no siempre fácil.

Jaime Ramos