Soportar la alegría

Uno de los mayores frenos en el proceso terapéutico, suele ser el momento en que empiezan a instalarse estrategias que hacen que la situación de malestar empiece a solventarse y a hacerse cada vez más soportable. ¿Por qué nos pasa esto?

La regresión terapéutica

En términos generales, es un mecanismo de defensa que consiste en un retroceso mental, en una vuelta atrás a nuestras formas de pensar y actuar, especialmente a una etapa de menor maduración, donde el malestar era latente o empezó a emerger.

Es la fase terapéutica donde es común sufrir mayor número de abandonos. Suele ser, paradójicamente, cuando las personas empiezan a ver cierta mejoría en sus síntomas de malestar.

Por una parte, creemos que ya estamos bien o, por el contrario, el simple hecho de pensar que no avanzamos nos hace abandonar. Ambas opciones siguen siendo mecanismos de defensa.

Normalmente, volvemos a sistemas de acción menos maduros y adaptativos, donde empezamos a construir muchos de nuestros pilares que, aunque no sean positivos, hoy nos sostienen. Es un momento decisivo, en el que “soportar la alegría” que sentimos en la mejora se nos hace un duro golpe a todos esos pilares.

Qué interviene en la regresión

En este retroceso terapéutico, intervienen muchos factores, pero, sobre todo, nuestro sistema de creencias tiene un papel fundamental.

Durante la infancia, cuando no recibimos el cariño o la protección que creíamos necesaria o sufrimos situaciones traumáticas, normalmente, los niños y niñas piensan que esas situaciones son merecidas.

Los más pequeños/as no tienen aún recursos para entender las situaciones negativas que sufren y suelen tener una visión egocéntrica de la vida. Es decir, aprenden a aceptar (erróneamente) que esa situación es consecuencia de su propio carácter, no de las otras variables de ese contexto y, menos aún, serán capaces de responsabilizar a las personas adultas que los rodeaban. Esto genera, en muchos casos, sentimientos de culpabilidad y, por tanto, de no merecer una situación mejor.

En la vida adulta, un trabajo importante es el de ver y entender, de otra forma, todas esas variables. Simplemente, con el hecho de ver otros puntos de vista y factores intervinientes y ser capaces de flexibilizar esos sistemas nos ayudará a empezar a construir otros pilares.

Por ello, es importante y básico en el proceso terapéutico, aprender a “soportar” los nuevos pilares que se van construyendo, sin necesidad de derrumbar tan rápido los anteriores. Hay momentos en que ambas creencias y emociones deben convivir y ser capaces de ver de una misma situación dos formas de interpretarlas. Seguramente, esa forma de pensar, en algún momento nos ayudó en algo. No la olvidemos tan rápido y aprendamos a valorar también, que tuvo alguna utilidad esa forma de pensar. Por eso, el proceso de mejora tiene esos momentos de aparente retroceso que no son más que una fase más del desarrollo. Es casi el último esfuerzo, pero es esencial resistirlo.

casi siempre hacia la etapa infantil y puede ser muy fácilmente reconocida porque la persona empezará a actuar y a manifestarse como un niño, aunque por supuesto su edad cronológica no lo sea y en realidad sea un adulto. Generalmente, las personas mayores que sufren de lo que se llama demencia senil suelen actuar como si fuesen niños y confundir los roles de su entorno inmediato.

Jaime Ramos