Superar el pasado

Superar el pasado es de los elementos principales en el proceso de desarrollo de una persona. Cuando tratamos nuestro malestar actual casi siempre, hay una reminiscencia del pasado que nos hace anclar nuestras creencias y emociones en el momento actual.

A menudo, hablamos de cómo los traumas de nuestra infancia impactan a lo largo de nuestra vida y nos hacen seguir apoyándonos en estructuras mentales que confirman o nos protegen de lo que pasó. Las relaciones actuales, con mucha frecuencia, son espejo de las relaciones que vivimos (incluso sin ser protagonistas) de los adultos que teníamos alrededor en nuestra infancia.

¿Superar es olvidar?

Con frecuencia, creemos que superar el pasado es no volver a recordar aquello que nos han hecho daño y empezar de 0 una vida centrada en el presente, sin mirar atrás.

Esto, sin duda, no es superar, es bloquear aquello que es parte de nosotros/as (aunque no nos guste). De hecho, no acordarnos de partes de nuestra vida es una de las defensas que usa nuestro cerebro para evitar la herida. De esta forma, seguimos teniendo dolor porque la herida sigue sangrando, pero no sabemos dónde está ni cómo curarla.

Otra forma de creer que estamos superando esos eventos es odiando y sintiendo rabia por todo aquello. Nos enfrentamos (después de buscarlo) a todo aquello que nos es familiar. Nos alejamos de todo lo que pueda recordarnos e intentamos que esas personas no vuelvan a nuestras vidas. En este caso, muchas veces, la herida sigue sangrando y sólo estamos gritando de dolor. Seguimos sin curarla.

Por tanto, no se trata de olvidar u odiar las partes de nuestro pasado que no nos gustan. Se trata de entender, de reconstruir, desde nuestra visión actual, de adultos y adultas, aquello que nos pasó en otros momentos de nuestra vida y que, por el miedo que sufrimos en aquel entonces, tuvimos que dar una explicación de urgencia para seguir viviendo.

Reconstruir el pasado

Cuando hablamos de reconstruir, hablamos de hacer un trabajo profundo con las experiencias pasadas. Queremos entender qué sentimos y creímos en aquel momento (cuando no teníamos los recursos que tenemos ahora) y, a partir de ahí, darle una nueva visión a la experiencia.

No se trata de ver el lado bueno, se trata de ver todos los lados de las situaciones. Cuando los conocemos, podemos dar otras explicaciones. En este momento, las explicaciones suelen ser menos culpabilizadoras con nosotros/as mismos/as.

En nuestros primeros años, sólo estamos preparados para conectar desde el cariño, la autonomía y la intimidad con nuestras figuras de apego. Cuando no hemos sentido esa conexión, normalmente aparece la cognición “no soy merecedor”. A partir de ahí, intentamos construir redes como sea. Somos seres sociales. Necesitamos conectar con los demás. Es entonces cuando establecemos relaciones poco sanas con nuestro entorno y un discurso interno que empieza a destruirnos (ves? se alejan de mi, no me quieren, me siento rechazado/a, si no hago sufrir a alguien no tengo su cercanía…).

Los primeros pasos para reconstruir nuestro pasado son:

  1. Encontrar (y reencontrar) nuevos recursos. Al final, nuestro cerebro es casi infinito y usamos poca parte de él. Establecer nuevos recursos y, sobre todo, ser conscientes y reconocer los que ya tenemos, es vital para que este proceso funcione. Vamos a tirar pilares que, hasta ahora, sostenían nuestra estructura (aunque fueran débiles). Es importante tener otros que la sostengan cuando los antiguos ya no estén.

  2. Entender qué me preocupa hoy. Significa saber qué pensamos, qué sentimos y qué hacemos. Conocer nuestros automatismos de creencias y emociones. Es lo que nos hace actuar siempre así y creer que es la única vía que tenemos. Pasar del pensamiento automático al manual implica el primer paso: conocer mis automatismos.

  3. Ahora que ya entendemos nuestra forma de pensar automática es el momento de generar otra visión. Ver aquello desde otro prisma. Es un trabajo largo y lento, pero es la forma de instalar nuevos recursos que nos hagan vivir diferente.

  4. Empezar a practicar con los nuevos recursos instalados. Esto, empezará a reconfortar nuestro trabajo y, sin darnos cuenta, a crear nuevas estructuras de superación que se irán duplicando en cualquier situación.

En definitiva, no se trata de perdonar ni de ver lo positivo, se trata de volver a estructurar partes de nosotros/as que se han quedado ancladas y con una visión de la “urgencia” de aquel momento. La única visión que pudimos dar entonces. Ahora, desde nuestra visión adulta, puedo ver aquello sin que duela tanto, con más matices.

Jaime Ramos